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Archive for 18 febrero 2008

 Lisias

En el Discurso I, Defensa por la muerte de Eratóstenes, no deja de resultar curiosa la forma en que Eufileto se toma la justicia por su mano, no sólo por el hecho en sí de matar a otro hombre, sino por la reacción de los ciudadanos vecinos que acuden, a las tantas de la mañana, a ser testigos del delito de adulterio, y no dudan en colaborar con el marido ultrajado ayudándole a atar a Eratóstenes y quién sabe si a algo más. ¿Es sólo por cumplir con su obligación de ser buenos ciudadanos?

Parece que, a lo largo de la obra de Lisias, se refleja cierta relajación en las costumbres y conductas, una indiferencia a las normas en los ámbitos religioso, militar y civil que desemboca en el desprecio por las leyes y la pérdida de los valores tradicionales. La teoría en que se basa la democracia ateniense se expone por Pericles en el famoso discurso que le atribuye Tucídides:  

«Y la ley hace partícipes a todos por igual para resolver los intereses privados, según la consideración en que cada uno es tenido en alguna cosa, y no es estimado  para los asuntos públicos por razón de su clase social más que por su virtud, ni tampoco por razón de su pobreza…  Nos regimos con libertad no sólo en lo relacionado con el Estado, sino también respecto a la sospecha de que lo que nos hacemos recíprocamente cada día, no tomando a mal al vecino si hace algo por placer… Por temor principalmente  no quebrantamos las cuestiones públicas, porque obedecemos siempre a los magistrados y a las leyes, en especial las leyes que han sido establecidas en defensa de las víctimas de injusticias y las que, sin estar escritas, conllevan un a reconocida vergüenza cuando se transgreden…» (Tuc. II, 37)   

Aunque no se sabe con seguridad la fecha del Discurso I, parece bastante claro que estamos en la época de postguerra, pues con la democracia del 403 Trasíbulo[1] solicitó para Lisias la ciudadanía, aunque sólo le fue concedida la condición de “isotelhvç”. La democracia griega sufre, durante los belicosos años del s.V, grandes transformaciones no sólo en las formas sino también en el fondo.  La Constitución democrática de los Quinientos (Clístenes) se había convertido ya en 411, tras unos veinte años de guerra, en el Consejo Oligárquico de los 400 (Alcibiades), tras la época de caos que había originado el desastre de Sicilia (413) Después de la derrota de Egospótamos  (405) y con la presión de Lisandro, en Atenas se impone el régimen oligárquico de los Treinta Tiranos (Critias) que exilió a algunos demócratas y asesinó a otros, creando el órgano de los Once para ocuparse de prisiones y ejecuciones. Tras cinco años de terror, estalló la guerra civil en Atenas: el régimen de los Treinta fue depuesto (403) y sustituido por un precario gobierno democrático que intentó recuperar las instituciones.

Durante todos estos cambios la justicia y sus mecanismos, que con las reformas del 462 habían concedido definitivamente al pueblo sus prerrogativas judiciales, se tambalean. Si los derechos del individuo han de ser salvaguardados, se exige siempre una denuncia por escrito ante un tribunal. Así, un homicidio puede quedar impune si no se presenta algún pariente como acusación para defender a la víctima. En ese contexto, Eufileto actúa de acuerdo a lo establecido, pues el tratamiento legal del adulterio en Atenas permite la muerte del cómplice de la adúltera si es sorprendido en flagrante delito, sin necesidad de un proceso previo.  Pero aún así, nos sorprende la voluntaria colaboración de los vecinos.

No obstante, Lisias nos ofrece otros ejemplos de conductas escandalosas que no responden a un marco legal. En el Discurso III, Defensa ante Simón, encontramos también la descripción de cómo un muchacho, borracho, penetra por la fuerza en un gineceo, y tras ser expulsado se lía a golpes y a pedradas con el señor de la casa, argumentos que se repiten varias veces a lo largo del discurso; además, en una ocasión llegó tarde a una batalla, se peleó con su taxiarca y le golpeó. El acusado del Discurso IV, Acerca de una herida con premeditación,  también “suele estar medio borracho”, lo que le hace tener la mano ligera. En el Discurso V de carácter religioso, Defensa de Calias, se acusa de robar objetos sagrados. En el VI se acusa a Andócides que, entre otras conductas, fue capaz de “denunciar a sus parientes y amigos” para salir de la cárcel, de participar en ceremonias que tenía prohibidas. En el Discurso VII Acerca de un cercado de olivo Nicómaco no es denunciado por los inspectores encargados de la vigilancia de los olivos, sino por un ciudadano que le acusa años después de que ocurra el supuesto delito, sólo por ánimo de lucro. En el Discurso X, se acusa a Teómnesto, que ya había sido denunciado por  hablar ante la asamblea mientras le estaba prohibido legalmente. En el Discurso XVI, A favor de Maníteo, el acusado nos dice que algunos soldados de infantería se pasaban a la caballería ilegalmente, sin haber pasado el examen…

Podríamos seguir con los ejemplos de estas actitudes en los discursos de Lisias como  también en la oratoria de Demóstenes y en su propia vida. Es una lástima que no contemos con testimonios sobre los resultados de los procesos, para saber si eran o no condenados los acusados, ni sobre las penas impuestas en los procesos y, sobre todo, sobre el grado de cumplimiento de las mismas, que es otro indicador del estado de salud de la democracia. 

BIBLIGRAFÍA RELACIONADA:Problèmes de las démocracie grecque, Jaqueline de Romilly, 1986.


[1] Véase “Lisias y su tiempo”, de Manuel Fernández Galiano en http://www.estudiosclasicos.org/Estudios_Clasicos/010.pdf

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