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Μέγιστον δὲ ἐν πάσῃ πολιτείᾳ τὸ καὶ τοῖς νόμοις καὶ τῇ ἄλλῃ οἰκονομίᾳ

οὕτω τετάχθαι ὥστε μὴ εἶναι τὰς ἀρχὰς κερδαίνειν.

Lo más importante en toda constitución es servirse de las leyes y de cualquier otra

institución política de tal manera que las funciones públicas 

no sean una fuente de beneficios para los que las ocupan

(Arist. Pol. V, 1308 b, 9).

Los griegos controlaban a los magistrados públicos que nombraban a lo largo del año; estos eran inspeccionados en un primer control antes de ocupar el puesto en la llamada dokimasia, un examen destinado a verificar si cumplía las condiciones formales necesarias y su conducta, especialmente en relación a la polis y a su familia.

A lo largo del ejercicio del cargo, el magistrado sufría controles regulares frecuentes (como la epicheirotonía, (Arist. Const. Aten. 43.4, 61.2) prevista en el orden del día de la Asamblea principal de cada pritanía), o se ejercía un control particular sobre cada magistrado por parte de diez logistai, una comisión del Consejo que comprobaba los gastos de los fondos públicos. También podían sufrir controles extraordinarios por parte de los tribunales o ciudadanos particulares (graphé , eisangélia (acusación de flagrante delito contra el Estado), apophasis…)

Además, después del ejercicio del cargo público se sometía a un severo control, el de la euthyna por la que, al acabar el ejercicio, los funcionarios tenían que rendir cuentas; debía pasar con éxito el examen de su gestión de los fondos públicos y, además, respondía de su gestión administrativa, de su conducta y las posibles infracciones cometidas.

Este procedimiento de control o de rendición de cuentas no se limitaba a Atenas o a los estados democráticos sino que se daba bajo distintos tipos de regímenes, y se aplicaba especialmente en el caso de tesorerías: el funcionario debía justificar el gasto realizado del dinero público ante determinados magistrados controladores. Incluso los estrategas, que podían ser nombrados (y reelegidos) in absentia, eran sometidos en Atenas a las euthynai (Arist. Const. Aten. 59, 2)

Atenas desde fecha muy temprana (Tuc. I.95.3-5131.2) tenía alguna forma de rendición de cuentas; y en cuanto a Esparta, Heródoto habla de reyes (VI. 82)  y de otros comandantes llamados a dar cuentas en el siglo V y principios del siglo IV; los textos sugieren que, mientras reyes y regentes eran llamados a rendir cuenta sólo cuando sus conductas lo provocaban, otros comandantes espartanos serían llamados con regularidad.

En Atenas, las reformas de Solón en el s. VI supusieron la integración del demos en la politeía, en cuanto que los antiguos atimoi pasan a constituirse en fratrías y a participar de manera activa, además de en la Asamblea, en instituciones como la Heliea o el Consejo, en los que estaría presente también por primera vez el control por parte del demos de la actividad de los magistrados a través de la apelación a la dokimasía y de la rendición de cuentas de los magistrados ( Arist. Pol., II, 1274a; III, 1281 b 32-4; Plut., Sol., 18.3).

Aristóteles dice que el Consejo del Areópago en el s. VI era “guardián de las leyes” y “vigilante de las instituciones”, y que “velaba por los actos más importantes de la vida política y enderezaba soberanamente a quienes habían cometido alguna infracción” (Arist. Const. Aten. 8, 4), lo que hace pensar que una de las principales funciones del Areópago, formado por los antiguos arcontes, era recibir la rendición de cuentas. Por tanto, las magistraturas, que eran ejercidas por los aristócratas, rendían luego cuentas ante sus pares, y debió de existir cierta connivencia  (Arist. Const. Aten. 25, 2) de manera que, en el s. V, a partir de las reformas de Clístenes de 462, esta función pasó a realizarse ante el Consejo de los Quinientos o Bulé.  Efialtes, en su lucha contra el Areópago, consiguió que la dokimasía y las euthynai de los arcontes fueran realizadas por el Consejo de 400 o por la Heliea.

Con el paso del tiempo, las instituciones atenienses evolucionaron.

Tribus en la Atenas de Clístenes

En el s. IV los magistrados atenienses se sometían a las euthynai en cada pritanía , es decir, nueve veces al año debían renovar el voto de confianza del pueblo, y la décima pritanía coincidía con la salida del cargo:

-en una examen preliminar, en el mes siguiente a su salida del cargo, una comisión de diez magistrados llamados logistai, elegidos a suerte entre todos los ciudadanos, los examinaba y dirigía un logos (Arist. Const. Aten. 48, 3), un proceso en el que el magistrado tenía que dar cuenta de sus transacciones financieras durante su mandato; (no hay que confundir este grupo de logistas con los que daban audiencia, cada pritanía, y que eran seleccionados entre los miembros del Consejo). Los magistrados eran presentados ante los tribunales del pueblo, donde podían ser acusados de fraude (como la apropiación de fondos públicos, corrupción, soborno…) por los procuradores de los logistai (los synégoros) que enviaban el caso a juicio y presentaban a cada magistrado ante un jurado presidido por ellos.

-en la segunda parte, las acusaciones eran entregadas a los euthynoi: se realizaba una investigación sobre  las supuestas malas

Tribunal del Areópago (Grabado en madera)

prácticas cometidas por el funcionario. (Arist. Const. Aten. 48, 4). Se nombraban diez hombres llamados euthinoi, uno de cada tribu, y cada uno de ellos contaba con dos asesores. Todos ellos se sentaban durante tres días en el ágora, a las horas de mercado, junto a las estatuas de los héroes epónimos de sus tribus para establecer los cargos. Cualquier ciudadano podía acercarse a  ellos para ejercer, contra el magistrado que se estaba juzgando por su gestión económica, una acción privada de otra índole que, a su vez, se transmitía a los magistrados correspondientes de los demos, y, si era viable, los tesmothetes las presentaban ante  los tribunales como el de la Heliea. (Arist. Const. Aten. 48, 4-5). Podían ser de mal uso de su poder, negligencia, apropiación de la autoridad…

 -finalmente se celebraba la audiencia final.

Lo que es relevante en este sistema es que, al final, es cualquier ciudadano del pueblo el que puede ejercer la acusación ante el representante (euthynoi) de su tribu; además, estos representantes se elegían a suertes; por otra parte, se facilitaba la manifestación de las quejas populares porque no es el ciudadano el que debe acudir a la justicia, sino que es el propio euthynos el que va a la plaza pública, al ágora. Y la decisión final la ejerce la Heliea.

La pena  por un delito de corrupción determinado en las euthynai  podía ser una multa de diez veces la cantidad del soborno recibido (no obstante, en otro tipo de procesos como la apóphasis, la multa iba unida a menudo a la pena de muerte).

Las fuentes citan distintos casos de corrupción en los siglos V-IV (Calias, Esquines, Harpalo…), y debieron ser abundantes las denuncias.

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[TEMA 2 b DE LAS PAU DE GRIEGO, COMUNITAT VALENCIANA, 2010-11]

La verdadera herencia de las Guerras Médicas fue el surgimiento del dualismo espartano-ateniense, que marcó la historia política y militar del s.V con la coexistencia entre Esparta, primera potencia terrestre y líder de la Liga del Peloponeso, y Atenas, creadora de una talasocracia sin rival en el Egeo.

La época de las tiranías evidenció la necesidad de la intervención de polis fuertes militarmente como Esparta para recomponer el orden. Aunque esta ciudad no conoció regímenes tiránicos, estuvo siempre amenazada interiormente por los grupos sometidos de su sistema, los ilotas, por lo que era la primera interesada en contar con el apoyo militar exterior. A finales del s. VI estrechó relaciones con las polis cercanas a su territorio (Corinto, Mégara) y se formó un grupo de ciudades con intereses mutuos y de hegemonía espartana, que se denominó la Liga del Peloponeso. Esparta concertó con cada estado miembro un tratado multilateral que estipuló los derechos y obligaciones de los coligados.

Todas las polis habían intervenido de alguna manera en las Guerras Médicas y el miedo a nuevos ataques persas dio lugar a la conformación de una agrupación de ciudades denominada Liga Helénica (481). Esta liga estuvo comandada por ESPARTA.

Paralelamente, en el invierno de 478, algunas polis griegas firmaron con Atenas un pacto de alianza con el compromiso de continuar la lucha contra el persa hasta la liberación de las ciudades griegas en todas las costas del Egeo y los estrechos hasta el Bósforo. La hegemonía fue otorgada a ATENAS, superior por su flota, y los coligados debían contribuir a esta guerra en el mar según sus posibilidades y preferencias: aportando trirremes con tripulaciones o satisfaciendo un impuesto a la caja de la guerra. Se escogió el santuario de Apolo, en la isla de Delos, como sede del consejo de esta Liga, depósito del tesoro y emblema religioso de la nueva entente. Nacía así la Liga Delo-Ática, institución que suponía la cristalización del nuevo espíritu panhelénico despertado por las Guerras Médicas, en la que los estados pertenecientes fueron declarados iguales. Esparta permaneció al margen, y sus aliados la imitaron.

El nacimiento de la Liga de Delos y la ya existente Liga del Peloponeso, hicieron que la Liga Helénica no tuviera ningún efecto, porque Grecia se había dividido entre la Liga del Peloponeso y la Liga de Delos, o, lo que es lo mismo, entre aliados de Esparta y de Atenas, que tenían dos formas totalmente diferentes de entender la vida y la guerra.

http://www.eolapaz.es/domo-historia/2ant-peloponeso.htm

LA LIGA ATICO-DELICA

La isla de Delos se convirtió en la sede donde se reunían los representantes de todos las polis aliadas. Todos los estados, incluido Atenas, emitían un único voto por representante y todos tenían un solo representante, pese a lo que Atenas se hizo con el poder absoluto de la Liga al controlar el voto de numerosos estados pequeños que, por miedo o por afinidad política, seguían los dictados atenienses. Todos los miembros debían contribuir con tropas al ejército de la Liga, contemplándose la posibilidad de aportar dinero (phoros) al Tesoro de la Liga en caso de no poder contribuir con soldados. Los gastos se repartían de forma equitativa. El tesoro de la Liga, que llegó a ser inmenso, se puso bajo la custodia del templo de Apolo de Delos.

La Liga se constituyó como una alianza a perpetuidad con el objeto de luchar unidos ante enemigos comunes; pero en ningún momento se estipularon los derechos y condiciones bajo los que una polis en concreto podía abandonar la alianza. Atenas, como cabeza indiscutible de la Liga, se aprovechó de este vacío legal para castigar todo intento de sedición.

En el 470 a.C., superado el peligro persa y ante el cada vez más evidente aprovechamiento de la Liga para el beneficio ateniense, Naxos abandonó la alianza. Atenas no podía consentir semejante acción, por lo que se procedió a reincorporar a Naxos por la fuerza. Esto dio el poder absoluto a Atenas y creó una nueva categoría de asociados, los estados sometidos, cuyo número creció incesantemente.

En el año 464 a.C. Esparta, tras los desastres de un terremoto y una sublevación general de los ilotas y mesenios, se vio obligada a pedir ayuda a Atenas. Cimón y 4.000 hoplitas atenienses acudieron, pero una vez que pasó el peligro, los espartanos expulsaron a los atenienses, lo que supuso la ruptura de relaciones. El desaire espartano también tuvo como consecuencia el ostracismo de Cimón y que el partido democrático se hiciera con el poder.

El nuevo jefe de la política ateniense era Efialtes (462 a.C.), que puso en marcha un proceso reformador tendente a desplazar al Areópago como tradicional fuente de poder. Fue asesinado en el 461 a.C., pero Pericles tomó el relevo y llevó la política reformadora hacia lo que después se dio en llamar democracia radical. Pericles (arconte desde 461) hizo de Atenas la primera y más importante ciudad griega y consiguió la total hegemonía sobre las demás ciudades de la Liga de Delos. Era el comienzo de un imperio sometido a Atenas que era quien dirigía la armada, la marina y la diplomacia y que quiso además establecer en las ciudades su propio régimen político.

Trirreme griega.

 

Atenas llevó a cabo una política continental tendente a reforzar su posición sobre Esparta; para ello, y aprovechando la debilidad de Esparta como consecuencia de la sublevación ilota, intentó atraerse la fidelidad de los aliados espartanos: logró la adhesión de Argos, Mégara y Tesalia. Tal crecimiento del poder ateniense molestó a Esparta, pero su situación interna le impedía hacer frente al poderoso enemigo.

Las defeccciones de generalizaron y los impagos de tributo se hicieron frecuentes, pero Atenas empezaba, a pesar de sus victorias, a dar síntomas de agotamiento. Por ello, hacia el 454 a.C. firmó una tregua por cinco años con Esparta. Posteriormente, hacia el 449-448 a.C. firmó la paz con Persia mediante el misterioso tratado de Calias, (del cual se duda incluso si llegó a existir). La paz con Esparta no llegó a cumplirse y los conflictos prosiguieron. Tras años de guerras y enfrentamientos, la Paz de los Treinta Años (446) fijó las fronteras entre Atenas y Esparta, así como sus respectivas áreas de influencia. Las pocas polis que no perteneciesen a ninguna de las dos ligas, es decir, las neutrales, podían adherirse libremente a cualquiera de ellas o permanecer independientes.

DE LA LIGA AL IMPERIO.

La transformación de una alianza interestatal encabezada por Atenas, pero en la que todos los países conservaban su independencia, a un imperio ateniense fue un proceso lento. Desde un primer momento Atenas encabezó la Liga de Delos, pero el resto de las polis se beneficiaban de una formidable maquinaria bélica que les mantenía a salvo de los persas, cuya dominación era mucho más odiada que la de los atenienses.

En la evolución de la Liga en Imperio hubo dos hitos importantes:

-en 454 a.C., alegando motivos de seguridad tras la derrota en Egipto, los atenienses se adueñaron del Tesoro de la Liga y lo transportaron a Atenas; la Acrópolis sustituyó como santuario al tradicional de Apolo en Delos. Ideológicamente, Pericles lo justificó diciendo que Atenas tenía que ser el centro porque ya había librado a los griegos del peligro persa;

-en 449 se firmó el Tratado de Calias de paz con Persia, por el cual la Liga perdía todo su sentido. No obstante, la Liga permaneció viva debido al empeño de Atenas, que veía en ella el mejor vehículo para extender su poder por Grecia.

Para afianzar su dominio sobre la Liga Atenas recurrió a la fuerza de su escuadra, que atacaba cualquier polis que intentara abandonar la Liga.

Por otro lado, Atenas hizo un próspero proselitismo a favor del establecimiento de instituciones en todos sus aliados, que en algunas ocasiones llegó incluso a la imposición forzosa de asambleas ciudadanas o al derrocamiento de gobiernos autoritarios. Atenas dotó a algunos de sus aliados con guarniciones militares atenienses, cleruquías, en teoría en beneficio de su seguridad, pero en la práctica como método de control; del mismo modo, enviaron comisarios que vigilaban que se cumpliesen lo ordenado. Creó la proxenia, institución por la cual un ciudadano de un Estado aliado, al servicio de Atenas, se encargaba de defender y hacer respetar los intereses de Atenas en esa ciudad.

La Liga, una vez convertida en un utensilio al servicio de Atenas, adquirió un gran papel económico. La fuerza principal de la Liga, y el objeto que en última instancia mantenía su integridad, era la impresionante flota, que acabó por constituirse en el mejor medio para poner fin a la piratería en el Mediterráneo oriental y facilitar la prosperidad del comercio de todos los miembros de la Liga. Para muchos miembros de la Liga, esta seguridad y los beneficios comerciales de ella derivados no compensaban la pérdida de su independencia ni el pago del tributo a la Liga (phoros), lo cual explicaría la multitud de sublevaciones que se desarrollaron en su seno.

Al constituirse la Liga se estipuló el phoros como medio de compensar la no prestación de ayuda militar por parte de algunos aliados. Reunidos todos los fondos de la Liga y tras hacer frente a los diversos gastos de defensa, el dinero sobrante se ingresaba en el Tesoro de la Liga. La gran beneficiada del uso del Tesoro era invariablemente Atenas, ya fuese directamente o bien por medios indirectos como la contratación de su mano de obra para las diferentes obras sufragadas a costa de los ingresos de la Liga. Un paso muy significativo de la influencia de Atenas sobre sus aliados se dio hacia el 449-448 a.C. y consistió en la unificación de moneda, pesos y medidas de todos los miembros de la Liga según los establecidos en el Ática.

En el 431 a.C. el imperialismo ateniense, en su momento de mayor apogeo, chocó frontalmente con los intereses de Esparta y, sobre todo, Corinto. Dicho enfrentamiento, que se extendió de forma intermitente hasta el 404 a.C., ha pasado a la Historia con el nombre de la Guerra del Peloponeso. Al final de la Guerra del Peloponeso todos los contrincantes se encontraban exhaustos, pero la gran derrotada fue Atenas, la cual firmó la paz a costa de renunciar a su Imperio, a las fortificaciones de la ciudad y a su flota, la fuente de su poder. La hegemonía pasaba ahora a Esparta, la gran triunfadora del conflicto.

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[TEMA 5  PAU, COMUNITAT VALENCIANA, 2010/2011]

La primera sociedad griega que conocemos, la micénica de las tablillas en lineal B y de los poemas homéricos, no es la sociedad de la Atenas clásica. Desde sus orígenes, la sociedad griega evoluciona y se caracteriza en cada lugar según unas costumbres y tradiciones propias. Veamos las características de la sociedad de Atenas y, concretamente, las de la edad de Oro o siglo de Pericles: la Atenas clásica del s. V a. C.

La polis clásica es una comunidad de ciudadanos totalmente independiente, soberana sobre los ciudadanos que la componen, cimentada en cultos y regida por leyes. Aunque sus miembros tengan conciencia de pertenecer a una comunidad étnica y cultural más amplia, la ciudad no admite ningún lazo de subordinación con respecto a otro Estado, como pasará en el caso de las colonias que siempre están vinculadas a su metrópolis.

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Físicamente, la polis no era sólo ni principalmente una ciudad, sino un territorio habitado en aldeas y caseríos (no se habla de Atenas, sino de los atenienses), con un centro urbano que funcionaba como capital política y asiento de las instituciones de gobierno. Por consiguiente, no toda la población residía en el “astu” (casco urbano).

La poblacion estaba constituida por ciudadanos y no ciudadanos. En Atenas en la época clásica comprende tres categorías legales: ciudadanos libres (politeis), metecos o forasteros (metoikoi) y siervos (douloi, pertenecientes al pueblo o privados).

http://webquest.infoespacio.net/spip.php?article3

a) LOS CIUDADANOS

Las distintas actividades que caracterizan la vida de una polis (ágora, gimnasio, cultos, servicio militar y guerra, teatro y actuaciones en la asamblea popular) estaban reservadas a la minoría social que constituían la koinonia ton politon: ni las mujeres, ni los más jóvenes, ni los metecos (extranjeros domiciliados), ni los esclavos, ni otros grupos -periecos, siervos, mercenarios…-, gozaban del derecho a la plena integración social y política.

Para ser ciudadano y tomar asiento en la Asamblea ateniense es preciso ser mayor de edad (18 años, pero como se hacían dos de servicio militar, sólo a los 20 se accedía a la Asamblea) y ser hijo de padre ateniense; a partir de Pericles, era necesario ser hijo de padre y de madre ateniense, lo que hizo que sus hijos con la meteca Aspasia, no tuvieran el derecho de ciudadanía, y que la Asamblea tuviera que votar al respecto, ya que los atenienses podían, por decreto, conceder la ciudadanía a un extranjero, y podían retirársela a uno de los suyos (atimia).

Desde Solón (594 a.C.) los atenienses estaban divididos en cuatro clases censitarias:

pentakosiomedimnoi: hombres cuyas propiedades podían producir anualmente quinientas medidas de grano (“medimnoi”) o más de 500 metretas de vino o aceite. Los atenienses de clase noble formaban el grupo de los eupatridas, y monopolizaban el poder del Areopago.

-hippeis o jinetes que podían costearse un caballo y equiparse para el servicio de caballería.

-zeugitai u hoplitas, aquellos que podían armarse para servir en la infantería. Solían recoger unos 200 medimnos.

-thetes: quienes no podían hacerlo.

En un principio, esta clasificación tuvo un sentido político importante, pues la pertenencia a cada una de ellas comportaba la calificación para desempeñar determinadas magistraturas; por ejemplo, la ley excluía a los thetes del arcontado, y los principales cargos económicos, como la tesorería, eran reservados a los pentakosiomedimnoi. Las dos clases más acomodadas estaban obligadas al servicio militar con armas propias y a las mayores magistraturas, lo que a su vez les confería el dominio del tribunal del Areópago, constituído por los que habían sido arcontes. Los thetes estaban eximidos de pagar impuestos, aportados por las clases superiores en una proporción establecidas.

Pensar que esta división reflejaba correspondencías reales con lo económico, lo social y lo político supondría que los thetes eran el “proletariado urbano”; los hoplitas campesinos libres, etc., sin embargo en la Atenas del s.VI-V, no existía el tipo de hombres que constituye el proletariado urbano que conocemos. El personal de las fábricas existentes estaba formado por esclavos, no por obreros libres y no había oficios importantes que no estuviesen monopolizados por los esclavos. El ateniense medio era un propietario independiente, artesano, comerciante, tendero o fabricante en la ciudad; y en el campo o en la aldea artesano, tendero o agricultor.

Era una sociedad mucho más homogénea que la nuestra; había, claro está, diferencias, entre nobles y plebeyos, ricos y pobres, hoplitas y thetes, hombres del campo y hombres de la ciudad, y tales diferencias repercutían en la vida política. En los tiempos arcaicos, una de las funciones de la aristocracia era dar muestra de su riqueza mediante grandiosas edificaciones públicas; así, realzaban su honor y, consecuentemente, su poderío. Pero tras las guerras médicas dejaron de prevalecer en la moralidad popular los antiguos valores de honor y vergüenza. La actividad del Estado despersonalizó el desarrollo público de los ricos y los gastos que antes se hacían como gesto de honor, ahora se sistematizaron y se convirtieron en un deber cívico, un impuesto. Estos servicios públicos eran liturgias y todos se relacionaban con conmemoraciones y actos políticos; estaban regulados por unas normas, de forma que no se pagase dos años seguidos por los mismos servicios, para que no hubiese engaños etc.

La vida cotidiana del ciudadano ateniense está dominada por la atención que requieren los asuntos de Estado, pero eso debía ser sólo la teoría ya que en la práctica, difícilmente un campesino podía dejar continuamente a su mujer e hijos, y el trabajo en el campo para acudir a la Asamblea. Sin embargo, al mismo tiempo que desaparecen las ambiciones honorables de las clases altas, por primera vez en Atenas las clases bajas se preocuparon por el dinero, y las exigencias de la guerra separaron a los campesinos de la tierra, por lo que perdieron sus medios de subsistencia.

En todo este cuadro, las mujeres, por muy hijas y esposas de ciudadanos que fueran, tampoco intervenían en la vida de la polis ni tenían voto. Sin llegar a la tópica idea de que no había más mujeres por la calle que las esclavas (pensemos en verduleras como la madre de Esquines), sí que es cierto que la mujer rica permanecía recluida en casa, en el gineceo, y no participaba en fiestas, banquetes ni más actos públicos que algunos de carácter religioso.

Muchas mujeres atenienses trabajaban de nodrizas, vendedoras, comadronas… pero no eran lo mismo que las bailarinas, músicas y prostitutas, mal consideradas pero con un grado de libertad superior al de las demás, y las heteras, generalmente extranjeras, únicas mujeres cultas que abrían sus salones a los intelectuales y artistas, asistían a fiestas, etc.

b) LOS METECOS.

Si los atenienses podían dedicar tanto tiempo a la política de su ciudad y a pasear por el ágora es porque los metecos y los esclavos les descargaban de toda actividad económica. Mientras que ciudades como Esparta practicaban periódicamente la expulsión de extranjeros, Atenas, más liberal, permitió que muchos griegos no atenienses vivieran en su suelo y gozaran de importantes derechos. Estos extranjeros residentes eran los metecos (metoikos:  el que vive al lado), que no sólo eran griegos sino también había fenicios, frigios, egipcios e, incluso, árabes… y vivían sobre todo en el Pireo.  El meteco  no tenia derechos políticos ni algunos derechos civiles (por ejemplo, no puede comprar suelo), y debia ser representado por un ciudadano ante los tribunales, etc..  En casos de gran mérito se les otorgaba la isoteleia o “igualdad de cargas” con los ciudadanos. En el s.V los metecos de Atenas representaban casi la mitad del número de ciudadanos; estaban sujetos a las mismas obligaciones financieras que éstos y pagaban un impuesto especial, el metoikion: doce dracmas anuales los hombres y seis las mujeres (equivalía al salario de seis o tres días de trabajo) por derecho de residencia. Además, podían frecuentar los gimnasios públicos (no así los esclavos), podían ingresar en el ejército y en la flota como remeros, podían poseer esclavos y adquirir bienes inmuebles, pero no tierras o casas.

Podían ejercer determinadas funciones públicas (heraldo, médico, recaudador…) pero la mayoría se dedicaba a lo que hoy llamaríamos profesiones liberales. Eran numerosos en el artesanado y la industria -telares, tratamiento de pieles y cueros, cerámica, metalurgia…-. Ocupaban también el primer lugar en el comercio, tanto al por mayor como el minorista; eran comerciantes e importadores. Y los principales banqueros de Atenas (trapezivth”) eran metecos o antiguos esclavos que, una vez liberados, habían logrado el estatuto de metecos.

Esta situación permitía a muchos metecos dar una buena educación a sus hijos, que así destacaban en profesiones como artista, médico u orador, como Lisias. Pero muchos hombres de talento ya famosos iban a Atenas atraídos por su incomparable esplendor: Heródoto de Halicarnaso -historiador-, Hipócrates de Cos -médico-, Polignoto de Tasos -pintor-, Anaxágoras de Clazómene, Hipódamo de Mileto -arquitecto-… y el caso de los sofistas, sabios o profesores de la elocuencia.

Es indudable que los metecos contribuyeron al poderío económico y al prestigio intelectual y artístico de Atenas.

c) LOS ESCLAVOS.

El meteco que dejaba de pagar el metoikion o que intentaba usurpar la ciudadanía se convertía en esclavo. La esclavitud se acepta en la Grecia clásica como un hecho; Aristóteles[1] (Política I, 1-2) defiende la diferencia entre hombres libres y esclavos como determinada por la naturaleza, y la guerra como medio legítimo de conseguirlos, pero se da cuenta de que la única justificación de la esclavitud es la necesidad, ya que en una ciudad griega la vida económica se basaba en el trabajo de los esclavos. En el campo, salvo en las minas de Laurión, eran menos numerosos porque los pequeños propietarios no eran muy ricos. Podían, eso sí, alquilarlos para los trabajos temporales, ya que los ciudadanos y los metecos ricos invertían su dinero en la compra y mantenimiento de mano de obra servil que alquilaban en determinados periodos.

Cuando se tomaba una ciudad, todos sus habitantes eran esclavizados; también la piratería era otra forma de suministro, y en tiempo de paz, el padre de familia entre los bárbaros tenía derecho de vender a sus hijos y se podían vender también los deudores insolventes. Los que peores situaciones tenían eran los empleados en los molinos para que girase la muela y para triturar el grano, y los de las minas.

Se diferenciaba los esclavos nacidos en la casa de los que habían sido comprados. En la ciudad (aparte de en las fábricas, en el puerto -carga y descarga-, en los bancos…), los esclavos garantizaban el servicio doméstico (según Platón, un ciudadano acomodado tenía unos 50 esclavos, y un ateniense medio una docena: portero, cocinero, pedagogo, y sirvientas).

El propio Estado era propietario de esclavos (empleados de la Asamblea y el Consejo, verdugos, barrenderos, policia -arqueros escitas-, empleados de la fábrica de moneda) así como los santuarios. Eran una especie de funcionarios que vivían donde querían (excepto los arqueros escitas) y recibían un sueldo, cosa que también les pasaba a muchos esclavos de la industria y el comercio.

Tanto los esclavos públicos como los privados no tenían ningún derecho, eran como cosas  (“mercancia humana” según  la ley) que ni siquiera podían declarar en los tribunales. Pero en Atenas, las condiciones no eran las de los miserables hilotas en Esparta: la ley defendía al esclavo contra los ultrajes y las violencias. Además, cuando era comprado, se integraba en la familia con un ritual: se le hacía sentar en el hogar y la dueña de la casa ponía sobre su cabeza higos, nueces y golosinas; al mismo tiempo se le ponía nombre. El esclavo participaba de las oraciones y de las fiestas, y era enterrado en la sepultura familiar.

La forma de emplear a los esclavos era muy variada. Muy pocos eran los dedicados a la agricultura, pues los propios colonos áticos se ocupaban del cultivo y del transporte de los productos agrícolas al mercado. Análoga era la circunstancia de los artesanos meores que trabajaban en la ciudad. Pero al expandirse las industrias e intensificarse el comercio, se crearon empresas manufactureras en las que trabajaban entre 20 y 30 esclavos (producción de utensilios de metal, muebles, artículos de piel, de tejidos, cerámica…); los esclavos más leales podían desempeñar funciones de dirección o administración.

Los esclavos públicos se encargaban, por ejemplo, del trabajo en las minas de Laurión, de donde se sacaba la plata para acuñar moneda, y donde llegaron a trabajar 30.000 esclavos a mediados del s.IV. También había ujieres, pregoneros, cajeros, verdugos, escribanos… e, incluso, en el S. V el servicio de policia corría a cargo de esclavos del Estado: una policía de 300 escitas se ocupaba del maentenimiento del orden enlas calles y en las asambleas. Las esclavas trabajaban en las hilanderías, lavanderías etc, o bien se encaminaban hacia la prostitución.

Mejores condiciones de vida tenían los oijketaiv, los dedicados al cuidado y gobierno de la casa y de la familia. Se encargaban de las labores de la casa o servían en particular a un miembro de la famila. Los atenienses más acaudalados tenían esclavos y esclavas para las tareas más diversas: guardianes, cocineros, concubinas… o les confiaban responsabilidades como la de médico o la de preceptor.

El estado jurídico del esclavo en Atenas era limitado por el derecho del amo a disponer de él o ella a su antojo. Podían casarse, pero sus hijos pertenecían al amo, podían declarar en juicios como testigos, pero, a diferencia del hombre libre, el esclavo podía ser torturado y encarcelado. En algunos casos, no obstanet, un ciudadano libre en la miseria podía envidiar la suerte del esclavo, al que el amo le garantizaba la subsistencia.

El esclavo podía autorrescatarse ofreciendo a su dueño un precio adecuado[2] o podía ser liberado como premio por su amo, pero la manumisión no comportaba la concesión de derechos civiles, sino que tenía un estatus semejante al del meteco aunque podía ascender en la escala social. También hubo casos de manumisiones decididas por el pueblo, por haber combatido junto a ciudadanos como voluntarios.

Considerando la relativa libertad de que gozaban los esclavos, su posibilidad de ser manumitidos y de alcanzar cualquier grado de la escala social, es bastante lógico que nunca en Atenas llegaran a producir una revuelta social. Si añadimos la falta de conciencia de clase. El hecho de que procedieran de distintos países y el aislamiento en las casas y fábricas, impedían las uniones y relaciones recíprocas. Y sin embargo, los primeros movimientos encaminados a la abolición de la esclavitud surgieron en Atenas, a cargo de sofistas como Hipiass y Antífono y poetas como Söfocles y Eurípides.

d) LOS BÁRBAROS

La palabra bárbaro procede directamente del griego bavrbaro”  “extranjero, forastero, no griego”. Se trata de un étimo onomatopéyico y bajo esta nomenclatura se encontraban aquellas personas cuya lengua sonaba en los oídos griegos como “barbarbar”. Los bárbaros son propiamente los extranjeros, diferenciados de los xevnoi, que son los forasteros, es decir, griegos de otra polis, con los que se pueden establecer relaciones de hospitalidad. Como bárbaros, diferenciándolos de los griegos, encontramos a los medos, persas y egipcios.


[1] El esclavo era definido por Aristóteles como “instrumento con alma”

[2] Los esclavos-trabajadores podían quedarse parte de su salario si se encargaban de su propia subsistencia.

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